sábado, 3 de abril de 2010

Odio a la Entropía Doméstica

Cuando se vuelve del orden ciudadano...
...al caos del almuerzo solitario
Cuando se vuelve del inmóvil trabajo...
...a la entropía del hogar solitario
que uno abandona todas las mañanas,
con el mate cebado en la mesa,
para detener su reloj...
Al menos el del orden de la cocina.

Paso el portal, y...
Afuera, una nube es rosa al viento.
Una veleta negra en remolino.
Y el refugio son mis ojos cerrados,
que me permiten dormir en ella
ante el grito de mi garganta sin vientos,
que buscará indefectiblemente su mate
abandonado.

Sin embargo,
alguien ya vació el mate
de su yerba residual...
Y el tiempo transcurre con el paso del hombre.
Y la entropía vuelve a poblar el origen.

Basura en la vereda que alimenta un perro,
viene a la puerta que se abre y raya círculos,
incompletos sobre el piso de grasa bovina,
del hueso que ayer invitó a las moscas,
a copular cuando el insecticida las mataba,
sobre la comida que ahora me alimenta,
y las libres son estrellas negras en el cielo,
de los techos marrón y gris, de la cocina,
o del dormitorio cual colonia de ácaros,
en colchones y ropas dispersadas e infectadas
por el vapor del baño con su podredumbre
que acumula epidermis, cabellos, cotonetes,
y caca que no digirieron moscas ni bacterias,
porque las leyes del mas grande se las comieron.

Asi es la entropía, con su anarquía mística,
natural tendencia a una violencia doméstica,
o a un escapismo libertario de jabón y cepillo,
que habitan ecosistemas surrealistas de madres,
alucinógenos por mezclar detergente y lavandina.

En este almuerzo creo haber reconocido
porqué la entropía fabrica el paraíso de las moscas,
gracias a ella, el albañil, el ingeniero,
el maestro, el estudiante, el laburante,
el poeta, van inventando,
o descubriendo, el ya inventado
infierno de los hombres.


Gerónimo Josué
Julio 2006