sábado, 3 de abril de 2010

La pausa de un perro

(a una lejana Silvina...)

Hasta cuando un perro puede correr?
Por qué no detengo el vino de esta noche,
Y le pongo un bozal, o una correa,
O algo que me aleje del perfume a sangre.
Si ni siquiera entiendo tu llegada a la mesa,
Tu rostro en mi plato, un poema al costado,
Y el vértigo de un piano en el aire,
Que huye del espejo a su soledad.

Me detengo, lamiendo las heridas
Con el vaso de la luna
Que rompe la oscuridad,
Sobre el hambre de luz.

Entonces reconozco tu llegada fantasmal
Sobre el polvo de la calle,
Y enciendes celulosas del cuaderno a su mesa,
de mi cama a su carne, de la casa a su cielo.
De este cielo ajeno, que no llora y es viento,
De esta isla, que no me deja un instante niño,
Para poder buscarte, en el desencuentro,
Constante e inminente.

No quiero correr mas,
Por lo menos hasta entender mi exilio,
Y entonces responderle a mis pies,
Por sus preguntas de caminos.

Así me acomodo en los trapos nocturnos,
Embriagado,
Y pido a tu rostro una lluvia de setiembre,
Una sonrisa,
de esas que en las mañanas me parían,
y que ahora me acunan, muriendo en la calle
en una tierra, cuya pausa
me dio esta sarna,
que todavía no entiendo,
y que me rasca, con poemas,
y me cura con vino,
la misma herida de siempre
que la realidad pudre más.
Permitime viejo amor esta pausa
que me salva del presente, y de tu carne.

Gerónimo Josué